domingo, 13 de noviembre de 2011

Rosley Labrador "Mírame sin decir "

Rosley Labrador 
"Mírame sin decir"


11 de noviembre de 2011
07:00 P.M.
Caracas - Venezuela




La cámara desechable es el vestigio de un acceso instantáneo a la fotografía. Una forma ya periclitada de capturar el instante. Ella aún es un objeto para el laboratorio de masas que, ajeno, media entre dos instantes, entre dos miradas. Ella aún guarda el secreto confiado a la desconocida quimera de un tiempo en desuso; aún dilata la esperanza en el cofre oscuro de la expectación. Con ella aún debemos esperar por la revelación de la imagen y la satisfacción del recuerdo. Anacrónica en la era de la imagen digital o inmaterial, artefacto de farmacia más que de alta tecnología, ella conserva dentro de sí aún la promesa de un asombro. Fármaco más que máquina, la cámara desechable está destinada a un tipo muy especial de apuro: el diletante, el sereno, el que sabe esperar por su resolución. Pausadas en la inquietud son estás imágenes, surgidas de un aparato desechado, que capturan el breve instante de una también desechable intimidad. El sujeto aquí retratado ofrece una mirada plástica, prescindible, hecha de falsos pasos en el deseo. Un breve mirar sin decir bastan para producir el anhelo de una confianza repentina, que no conoce, que no siente, que se pierde en la búsqueda de un objeto inexistente. Un sujeto que se desnuda sin decir nada, que obedece al fotógrafo sin reclamar, que deja al ojo sin un perdón. Impunes como impúdicas son estas fotografías porque ni siquiera la permanencia de lo íntimo las cobija. Esta doble desnudez de la imagen expuesta no es quizá sino el correlato de la única palabra absolutamente verdadera, la que calla, la silente, la inaudible. Sólo la fotografía la captura y la exhibe. 




Fotografía de Claudia Cova 
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Como o un Weegee del crimen interior o un Bellocq del fragmento, Rosley Labrador zahonda en la superficie infinita del cuerpo desconocido. Las mujeres aquí retratadas por estas cámaras desechables –como si fueran también signos de un abaratamiento del amor– no son restos de una imagen capturada. Son ellas, más bien, las que desechan, en su silencio, en su mirada rota, en sus cuerpos quebrantados, tanto a la cámara como al fotógrafo. Sobreviven, así, en esa intimidad de minutos, en esa mirada muda al deseo indeciso del ojo que trata de aprisionarlas en su ambición de ver por sí mismo. No son modelos del fotógrafo ni amantes del hombre, pero modelan el afecto, simulan la intimidad, adoptan la entrega desinteresada con el único fin de darle forma a la distancia. A cambio, sólo piden la gratuidad del goce, la plenitud de la mirada que observa sin miedo al vacío y produce la risa sutil que conjura el desencanto. En definitiva, sólo exigen, como único pago, que se les retribuya con el secreto del arte fotográfico: que sólo se pueda mirar donde ya no queda nada por decir y que todo se deseche salvo lo que, mostrándose incesante, no deja de ocultarse. 




Erik Del Bufalo








Agradecemos a Car Litro por el envío de la invitación 

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